Camino de Cuaresma Día 28 – Perseverancia
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Jornada de Cuaresma, día 28: Perseverancia
De los domingos de Cuaresma, tres llevan el nombre de parábolas que resaltan un carácter cuestionable. Durante los últimos dos domingos conocimos al hijo pródigo y al administrador deshonesto. Para completar esta trilogía de domingos de parábolas, dedicamos este día 28 de Cuaresma al juez injusto. Las tres parábolas provienen de nuestro Señor y se encuentran en el Evangelio de Lucas, capítulos 16, 17 y 18, respectivamente.
El juez injusto es un hombre que, como explica Jesús, no temía a nadie, ni siquiera a Dios, ni le importaba lo que pensaran los demás. En el pueblo donde servía como juez, una viuda acudía a él constantemente, suplicándole que escuchara su caso. Durante un tiempo se negó, pero finalmente se dijo a sí mismo: “Aunque no temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda no deja de molestarme, le haré justicia para que no termine agotándome”. Jesús concluye su parábola con una declaración interesante. Dice: “Escuchen lo que dice el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche? ¿Seguirá postergándolos? Les digo que les hará justicia, y pronto”.
Ciertamente, es una historia extraña. A primera vista, podrías pensar que Jesús compara a Dios con este juez injusto. La parábola crea la imagen de un Dios que puede ser desgastado o cansado. Es como si, al perseverar y seguir orando una y otra vez, Dios finalmente se cansara y dijera que sí a nuestras necesidades y deseos. Así que sigue orando, sigue siendo persistente. ¡Persevera como la anciana! Y al final, Dios cederá y te dará lo que quieres.
Al examinar la parábola con más atención, es decir, cuando la leemos en su totalidad, vemos que el evangelista, San Lucas, escribe unas palabras de explicación como prefacio. Dice: “Jesús contó esta parábola a sus discípulos para mostrarles que debían orar siempre y no desmayar”. Así que sí, es una historia de perseverancia, pero no para desgastar a Dios, sino para recordar que debemos estar en comunión constante con Él. El prefacio de San Lucas sugiere que en su época, al igual que hoy, existe una idea errónea sobre la naturaleza de la oración.
Cuando Jesús nos enseña el “Padre Nuestro”, advierte: “No usen vanas repeticiones. Su Padre celestial ya sabe lo que necesitan. Por tanto, cuando oren, oren así: Padre nuestro que estás en el cielo...”. Pensemos en eso por un momento. Si nuestro Padre celestial sabe lo que necesitamos, ¿por qué deberíamos orar?
Dios conoce nuestras necesidades, así que, obviamente, tenemos un malentendido muy real sobre la naturaleza de la oración.
La oración no es solo una conversación con Dios. Oramos porque necesitamos conversar con nosotros mismos. Dios ya conoce los deseos de nuestro corazón. Conoce nuestras necesidades y deseos, probablemente mejor que nosotros mismos. Dios sabe hacia dónde vamos. La verdadera pregunta es: ¿lo sabes tú? Puede sonar extraño, pero a menos que tengas un enfoque verdadero en tu vida, es cuestionable si sabes cuáles son tus necesidades.
¿Con qué frecuencia te das tiempo para escucharte, para oír hablar a tu ser interior? Parte de esta jornada de Cuaresma ha sido abrir los oídos de nuestro corazón para poder escuchar con atención. El salmista dice: “¡Quédate quieto y reconoce que yo soy Dios!”. La Cuaresma nos da la oportunidad de sentarnos en silencio y escuchar, oír, absorber y, por lo tanto, crecer espiritualmente. La Cuaresma no es solo reducir la comida, sino llegar a lo esencial: ¿qué es necesario para sobrevivir? O, en palabras de Jesús (al tentador): “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Al enseñarnos a orar, Jesús nos indica que entremos en una habitación pequeña y oremos sin distracciones para que entiendas cuáles son tus necesidades. Porque cuando oramos por cosas buenas, Dios ya quiere que las tengamos, pero ¿cómo llegarán a nosotros? Necesitamos encontrar la fuerza. Necesitamos encontrar la paciencia y la devoción. Necesitamos encontrar los valores correctos. Necesitamos despertar, dejar de lado nuestros sueños y vestirnos con el nuevo ropaje de la esperanza para seguir adelante. Todo esto proviene de que la persona —tú y yo— tome acción. Cuando aceptamos que somos hijos de Dios y que Él es nuestro Padre, sabemos que Él cuidará de nosotros en todas las circunstancias. Así como cuida de las aves del cielo y de los lirios del campo, que hoy están y mañana desaparecen, así también cuidará de ti. Jesús nos dice: “¿Cuánto más vales tú que esos lirios del campo o esas aves del cielo? Tu Padre celestial cuida de ellos. ¡Cuánto más cuidará de ti!”.
¿Tienes esa fe? Es una fe incuestionable y difícil de alcanzar, de ahí la necesidad de disciplinarnos. Lo que nos queda es seguir orando. ¡Persistencia! ¡Persevera! ¡Constancia! Como la mujer de la historia, nunca dudes de que al final obtendrás lo que necesitas, porque en esa persistencia, no es Dios el Juez quien escucha, eres tú escuchándote a ti mismo. En tu persistencia, descubrirás que estas oraciones se convierten en mantras. Se transforman en guías con las que empiezas a vivir y a asumir la responsabilidad de tu vida. Y así como tu vida ha cambiado durante esta temporada de Cuaresma, tu vida de oración comenzará a madurar, y tus oraciones se volverán verdaderos mantras hacia la acción, para realizar los sueños que están profundamente arraigados en tu corazón y no los deseos basados en los caprichos del momento.
Concluimos la jornada de Cuaresma de hoy con la oración que nuestro Señor, Jesucristo, nos enseñó:
“Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores, y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por siempre. Amén.”




2026 Epostle





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