Post-Teofanía: José
En los relatos de la Natividad hay tres personas que son esenciales para la trama: Santa María, por supuesto, San José y el Precursor, San Juan Bautista. Echemos un vistazo al que menos se menciona y a menudo se olvida: José, el esposo de María, la Madre de Jesús. Se le describe como tal porque, como registran los Evangelios: “Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados’” (Mateo 1).
Según las Escrituras y la Tradición de la Iglesia, José era carpintero de oficio y vivía en Nazaret de Galilea. Se le describe como un hombre justo y un devoto hombre de fe, como lo demuestra su obediencia al mandato de Dios. San Mateo continúa: “Cuando despertó José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre Jesús”.
José fue el padre adoptivo de Jesús, quien crió al niño Jesús como suyo. En la Iglesia occidental, se le considera el santo patrón de las adopciones.
José nos da un ejemplo muy especial para aplicar en nuestras vidas. Cuando oramos, decimos: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. Pedimos que la voluntad de Dios sea evidente en nuestras vidas, aquí en la tierra. La razón por la que Jesús nos instruye a orar esas palabras es porque la forma en que Su voluntad puede manifestarse en este mundo es a través de nuestra participación. Oramos y lo expresamos así para recordarnos nuestra participación en el Reino. José entendió que si el Reino de Dios iba a llegar, su participación era esencial. Y así, contra todo pronóstico, contra las convenciones y normas de la época, contra las posibilidades de un nacimiento virginal (que son nulas), contra las críticas de los chismes y la humillación por parte de los miembros de su propia comunidad, José dice: “Hágase tu voluntad” y obedece la orden de tomar a María como su esposa.
Algunas de las soluciones más difíciles en este mundo comienzan cuando simplemente aceptamos la responsabilidad de ser partícipes del Reino de Dios. José renuncia a su comodidad y a sus sueños para asegurar que el Reino se establezca, “en la tierra como en el cielo”.
Oremos, con una oración tradicional dedicada al bendito esposo: “Oh, San José, cuya protección es tan grande, tan fuerte, tan pronta ante el trono de Dios. Pongo en ti todos mis intereses y deseos. Oh, San José, ayúdame con tu poderosa intercesión y obtén para mí de tu divino Hijo todas las bendiciones espirituales, por Jesucristo, nuestro Señor. Nunca me canso de contemplarte a ti y a Jesús dormido en tus brazos; no me atrevo a acercarme mientras Él reposa cerca de tu corazón. Abrázalo en mi nombre y besa su hermosa cabeza por mí, y pídele que me devuelva el beso cuando exhale mi último aliento”.


