Adviento 45-50: Nunca los conocí
Día 45 de 50 de Adviento: Jamás los conocí
Jesús comienza a concluir Su Sermón del Monte con una advertencia más para alejarnos de la jactancia de la propia justicia. Él dice: “No todo el que Me dice: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de Mi Padre que está en los cielos. Muchos Me dirán en aquel día: ‘¡Señor, Señor!, ¿no profetizamos en Tu nombre, y en Tu nombre echamos fuera demonios, y en Tu nombre hicimos muchos milagros?’. Y entonces les declararé: ‘¡Jamás los conocí; apártense de Mí, los que practican la iniquidad!’”
En resumen, el Sermón del Monte trata sobre estar en paz con Dios de una manera que nos llama a la responsabilidad personal. Una y otra vez a lo largo del Sermón, se nos invita a un llamado superior, uno que fue identificado de manera única como el imperativo cristiano. No se trata simplemente de una profesión de fe, sino de actuar conforme a la fe que profesas.
Aquí, una vez más, Jesús nos pide que estemos abiertos a la introspección personal. ¿Llamas a Jesús tu “Señor”? La pregunta entonces es: ¿qué significa tener a Jesús como Señor? De una manera muy cortés, Jesús está diciendo que las palabras se las lleva el viento; en cambio, sé aquel que hace la voluntad de Mi Padre que está en los cielos. La introspección comienza con la pregunta: ¿qué estoy haciendo para ser digno de ese descriptor cristiano? No te apresures con esta pregunta ni te sientas demasiado ansioso por justificarte en una respuesta. Tómate tu tiempo. Recuerda, el tiempo de Adviento es para prepararnos para el asombroso encuentro con la Revelación de Dios a través de Su Natividad y Bautismo.
Oremos, con las palabras de la Hora del Amanecer de la Iglesia Armenia: Dios grande y todopoderoso, recibe esta oración y servicio míos en Tus espacios celestiales. Haz que Tu Luz de Justicia y Sabiduría brille sobre nosotros y haznos hijos de la luz y del día, para que en piedad podamos llevar nuestra vida y vivirla sin ofensa. Porque Tú eres nuestro Ayudador y Salvador, y a Ti te corresponde la gloria y el honor, ahora y siempre. Amén.


