Discipulado – Día 36 de Cuaresma
Receta para la Cuaresma
Camino de Cuaresma Día 36 – Discipulado
Hubiera sido apropiado comenzar este camino de Cuaresma con el tema del discipulado. Lo he dejado intencionalmente para el final del camino porque, como estoy seguro de que estarás de acuerdo, el discipulado significa algo diferente para ti hoy de lo que significaba hace 35 días.
La palabra discípulo significa estudiante o seguidor de alguien. En la Biblia, los discípulos eran quienes acompañaban a Jesús, aquellos que aprendían de él. Algunos de este grupo llegaron a ser apóstoles. Apóstol significa aquel que es enviado. Una vez que aprendieron de Jesús, los discípulos recibieron el encargo de salir al mundo para enseñar y predicar.
Ser discípulo de Cristo significa que aprendes sus enseñanzas. Lo alabas porque has aplicado sus lecciones a tu vida y la mejora en tu calidad de vida es abrumadora. Al comienzo de este camino de Cuaresma, te pedí que hicieras un inventario de los muchos aspectos de tu vida: ¿Qué es necesario para vivir? ¿Qué es realmente importante en tu vida? Al hacer un inventario, puedes monitorear los niveles de importancia. Tendrás un marco de referencia y podrás notar cambios en tus valores y actitudes.
Hoy cambiamos de dirección. Estamos en un punto, el discipulado, donde pasamos de la teoría a la práctica. La Cuaresma ya no es una carga, sino algo que esperas con ilusión como un tiempo de cambio, de reflexión y de crecimiento. Me atrevería a decir que estás en un punto donde tu perspectiva y actitud han cambiado notablemente. Quizás lo llamarías una perspectiva madura y una comprensión de ti mismo y de tu propósito. ¿Cómo sobrevivimos? ¿Cómo marcamos una diferencia en nuestras propias vidas? ¿Qué tal en la vida de nuestra comunidad? ¿De nuestra familia? ¿E incluso en el mundo? Estas son las preguntas que empezamos a hacernos ahora. Tenemos una comprensión más madura de la fe: menos "yo, yo" y más "¿qué puedo hacer para ayudar a los demás?". "¿Cómo puede mi sacrificio afectar el panorama general de la vida?". "¿Cómo puedo contribuir al conjunto más amplio de lo que llamamos vida?". En este entendimiento, en este proceso de maduración, el discipulado tiene ahora un significado diferente, pues no se trata simplemente de seguir a Jesús. Ni siquiera se trata de aprender lo que Él tenía que decir. Se trata de convertirte realmente, de vivir esa fe, de convertirte en la persona y en el pueblo que Dios quiere que seamos.
El mensaje que nuestro Señor Jesucristo nos trajo hace 2000 años fue sencillo: Dios es accesible, Dios está ahí. Y no importa quién seas. No importa de qué clase social provengas. No importa lo que tu pasado haya contenido o no. Ya no hay más excusas. Dios ha sido revelado y, en esa revelación, ahora es alcanzable. No podemos tocarlo, pero podemos comprenderlo bajo una nueva luz. Lo entendemos como amor puro, algo que nos toca y algo con lo que tocamos a los demás. Es el mensaje del sacrificio, de la fe, la esperanza y el amor. Lo más importante es que es un mensaje integral: ser discípulo de Cristo hoy significa algo diferente para nosotros porque nos acercamos a Cristo de manera integral. No nos enfocamos solo en su mensaje, no solo miramos a la persona de Cristo, sino que colectivamente la persona, el mensaje, el sacrificio, la entrega y la naturaleza de Dios están ahí para nosotros. Así que, como discípulos de Cristo, usamos todos nuestros sentidos.
Escuchamos su mensaje. Leemos el mensaje con nuestros ojos, pero también damos testimonio del mensaje que nos rodea. Vemos las olas del mar, las montañas, las hermosas flores y la sonrisa de nuestros hijos. Usamos nuestra nariz para absorber el aroma de su creación, las hermosas fragancias de la maravilla de Dios. Apelamos a nuestro sentido del tacto. Nos acercamos a las personas que necesitan un abrazo, que necesitan una mano. También descubrimos que, junto a esas manos que se nos extienden, hay cuerpos que esperan ser abrazados, esperan ser besados, esperan expresar ese amor de manera integral. Finalmente, apelamos a nuestro sentido del gusto en la Santa Comunión. Es ese reconocimiento final de que somos discípulos, como nos enseñan nuestros padres: ven y prueba al Señor, porque ciertamente el Señor es bueno.
Somos los discípulos de Cristo. Hemos aprendido el amor. Ahora vivimos el amor. Debemos compartir ese amor. “En esto conocerán que son mis discípulos”, dice nuestro Señor Jesucristo, “si se aman los unos a los otros”.
La oración de hoy se basa en un pensamiento del teólogo neo-ortodoxo Dietrich Bonhoeffer sobre el discipulado:
La gracia costosa es el evangelio que debe buscarse una y otra vez, el don que debe pedirse, la puerta a la que uno debe llamar. Tal gracia es costosa porque nos llama a seguir, y es gracia porque nos llama a seguir a Jesucristo. Es costosa porque le cuesta a uno su vida, y es gracia porque le da a uno la única vida verdadera. Es costosa porque condena el pecado, y es gracia porque justifica al pecador. Sobre todo, es costosa porque le costó a Dios la vida de su Hijo: “Habéis sido comprados por un precio”, y lo que le ha costado mucho a Dios no puede ser barato para nosotros. Sobre todo, es gracia porque Dios no consideró a su Hijo un precio demasiado alto para pagar por nuestra vida, sino que lo entregó por nosotros. La gracia costosa es la encarnación de Dios.


