Armodoxy para hoy: Aplicando al Padre – Día 17 de Cuaresma
Continuamos aprendiendo de la parábola del hijo pródigo (Lucas 15) y hoy seguimos analizando el carácter del padre. Ayer hablamos de él como una expresión del amor de nuestro Padre Celestial. Hoy, comprendemos la importancia de este tiempo de Cuaresma al aplicar el amor del padre a nuestras propias vidas.
Las acciones del padre del hijo pródigo nos enseñan lo que se requiere de nosotros en nuestras relaciones, no necesariamente con los hijos, sino entre nosotros. Hay personas que nos han lastimado. El grado del daño no es lo importante. Quizás hemos llorado por una palabra mal dicha o nos hemos sentido devastados por una traición. El dolor ha abierto un abismo en nuestras relaciones con los demás. Todos hemos creado divisiones entre nosotros y Dios debido a nuestras acciones o nuestra falta de ellas, sin embargo, Dios nos ha dado un camino de regreso. Nosotros también debemos hacer lo mismo y dejar las puertas abiertas para que esas personas vuelvan a nosotros. En otras palabras, es momento de terminar con los rencores. No te dejes atrapar por el orgullo insensato. Deja las puertas abiertas sin esperar que alguien cruce el umbral. No esperes a que quienes te han lastimado regresen, solo ten presente que, en el fondo, existen muchos deseos que quizás no comprendas. Si la puerta está abierta, ellos podrían volver y, cuando lo hagan, debes abrazarlos y lo harás.
Tu corazón te está hablando. No pienses con la mente. Prepárate para recibir. Prepárate para acoger, para abrazar, para envolverlos con el amor que llevas en tu corazón. Este es el ejemplo que Jesús nos da a través del personaje del padre en la parábola. Por un lado, nos muestra lo que hace nuestro Padre Celestial y el ejemplo que debemos seguir con quienes nos rodean. Por otro lado, hemos orado: "Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Dios nos perdona. Por lo tanto, nosotros debemos perdonar a los demás.
Tu acto de caridad hoy consiste en abrir las puertas que has cerrado. Ayuna de los cerrojos que mantienen las puertas cerradas y que impiden que las relaciones continúen.
El menú de Cuaresma de hoy incluye fideos asiáticos con edamame.
Oremos, con San Gregorio de Narek (12): [Señor] Inscribe tu nombre en la claraboya de mi morada. Cubre el techo de mi templo con tu mano. Marca el umbral de mi celda con tu sangre. Imprime el exterior de mi puerta con tu señal. Protege con tu mano derecha la estera donde descanso. Amén. (Traducido por Thomas J. Samuelian)
https://epostle.net/wp-content/uploads/2025/03/IMG_5742.jpg13652048Vazken Movsesianhttps://epostle.net/wp-content/uploads/2022/07/final_logo_large_for_epostle_web-300x189.pngVazken Movsesian2025-03-19 00:01:492025-03-18 21:43:55Aplicando al Padre – Día 17 de 40
Cada domingo durante la temporada de Cuaresma tiene un nombre único. Hoy se conoce como el Domingo del Hijo Pródigo. En consecuencia, la lección del día proviene del Evangelio de San Lucas, capítulo 15, donde Jesús enseña mediante una parábola, comúnmente conocida como la historia del hijo pródigo.
Quizá si no nos hubiera llegado nada más de la época de Jesús que esta única parábola, sería suficiente para explicar nuestra relación con Dios. Es una historia de reconciliación que expresa el amor incondicional que Dios nos tiene y que, por lo tanto, nos exige a nosotros.
La historia del hijo pródigo se desarrolla así: un hombre tiene dos hijos. El menor pide y recibe su herencia. Toma su parte de los bienes de su padre y la malgasta en una vida desenfrenada. Mientras tiene dinero, es popular y tiene muchos amigos. Pero cuando se le acaba el dinero, también se le acaban los amigos. Sin dinero, sin fiestas, sin un estilo de vida extravagante y sin amigos, sale a buscar trabajo. Pero no sirve de nada. No logra ganar lo suficiente para sobrevivir.
Una noche, cuando está realmente abatido, ve a unos cerdos alimentándose y llega a considerar comer la comida de los cerdos porque tiene mucha hambre. Es en ese momento cuando recobra el sentido. Recuerda el hogar de su padre y recuerda que los siervos de su padre viven mejor que él. Esa noche, toma la decisión de volver a casa, con su padre, para pedirle perdón. Incluso planea pedirle que lo acepte como a uno de sus siervos.
Ahora bien, mientras el hijo regresa a casa, su padre lo ve en el camino. El padre corre hacia él, lo abraza y lo besa. Ni siquiera le da a su hijo la oportunidad de hablar ni de explicar sus actos mientras estuvo fuera de casa. Entonces, el padre ordena a sus siervos que se acerquen, le traigan la mejor ropa y le pongan el anillo de autoridad en la mano. ¡Luego ordena una celebración! Se sacrifica el becerro más gordo para esta fiesta.
La historia del hijo pródigo no termina aquí. Recuerda que tenía un hermano mayor. Este hermano mayor estaba trabajando en el campo y escuchó el sonido de la música y el baile. No entendía lo que pasaba y protestó ante su padre. Le dijo: “¡Mira! Todos estos años te he servido como un esclavo y nunca he desobedecido tus órdenes. Sin embargo, nunca me has dado ni siquiera un cabrito para que yo pudiera celebrar con mis amigos.¡Pero cuando este hijo tuyo, que ha malgastado tus bienes con prostitutas, regresa a casa, matas para él el becerro engordado!”. Simplemente no podía entender la injusticia de la vida. Él (el hermano mayor) había hecho todo bien y el hermano menor había desperdiciado su herencia. “¿Dónde está la justicia?”, exigió. ¿Por qué se recompensa al que hizo lo malo mientras el que hizo lo bueno sigue trabajando y esforzándose?
El padre, con compasión y comprensión, le explica al hermano mayor: “Tú siempre estás conmigo y todo lo que tengo es tuyo. Pero teníamos que celebrar y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido encontrado”.
Así termina la historia del hijo pródigo, pero aquí comienza una oportunidad tremenda para reflexionar sobre las muchas dimensiones de esta breve parábola.
En los próximos días de nuestro camino de Cuaresma, analizaremos por separado a los personajes del padre y del hijo mayor. Hoy nos enfocaremos en el hijo menor. Comencemos con el deseo de este joven de tener una vida mejor y disfrutarla. Ese no es un sentimiento extraño ni inusual. De hecho, todos hemos pensado alguna vez en una vida mejor. ¿Por qué no? ¿Por qué no habríamos de tener las mejores cosas de la vida? Después de todo, en el caso de este joven, él tenía los medios y su padre los recursos, así que ¿por qué no aprovechar la situación y disfrutarlo todo? Entonces, ¿cuál es el "pecado" del hijo menor? Está impulsado por sus pasiones y la energía propia de la juventud, y quizás por un poco de impaciencia. ¡Aprovecha la oportunidad y toma lo que puede! ¿Dónde está el pecado?
Tomar lo que se te da no es un pecado. Es tu don. Te pertenece. ¡El pecado es desperdiciar ese don! El pecado es tomar tu regalo y abusar de él.
Uno de los desafíos que se nos presenta en este 14.º día del camino de Cuaresma es enumerar y hacer un inventario de los dones que se te han otorgado. ¿Estás usando ese don? ¿O estás abusando de él? ¿Estás respetando ese regalo o lo estás desperdiciando?
Dios nos ha dado talentos a cada uno de nosotros. Nos ha dado la vida misma. De hecho, el aliento que respiramos es un regalo, al igual que la sonrisa en nuestro rostro, nuestra capacidad de abrazar y nuestra pasión por ayudar a los demás. Desafortunadamente, al igual que el hijo pródigo, desperdiciamos lo que se nos ha dado de una manera imprudente y, a veces, abusiva. Consumimos nuestras vidas en minucias y, por lo tanto, abandonamos la calidad. Dios nos ha dado una sonrisa que iluminaría cualquier habitación y la ocultamos; nos avergüenza mostrarla. Nos ha dado la capacidad de hablar y, en cambio, mantenemos la boca cerrada, o si la abrimos, la llenamos de conversaciones vacías y chismes. Nos ha dado la capacidad de sostener, levantar y ayudar a otros, pero en lugar de eso, atamos nuestras manos y nos negamos a ayudar a quienes lo necesitan. Nos ha dado pies para caminar por los senderos de la rectitud y, en cambio, llevamos nuestros cuerpos a lugares sombríos.
Cada uno de nosotros es un hijo pródigo. Hemos tomado los dones de Dios y, en lugar de usarlos y disfrutarlos, hemos desperdiciado, abusado y malgastado la bondad en una vida pródiga. Hemos perdido el objetivo y, al hacerlo, no logramos alcanzar ni maximizar nuestro potencial.
Mientras hacemos un inventario de nuestros talentos y dones recibidos de Dios, preguntémonos también cómo los estamos usando. ¿Estamos desperdiciando los elementos preciosos de la vida? ¿O estamos usando esos talentos para el bien de todos?
Mañana continuaremos con la parábola del hijo pródigo observando el carácter del padre. Por ahora, recemos la oración de San Nerses Shnorhali.
Padre celestial, Dios verdadero, que enviaste a tu amado Hijo a buscar a la oveja perdida. He pecado contra el cielo y ante ti. Recíbeme como al hijo pródigo y vísteme con el manto de la inocencia, del cual fui privado por el pecado. Ten misericordia de tus criaturas y de mí, un gran pecador. Amén (24/3)