Rezando por soluciones
Armodoxia para hoy: La oración
Lo escuchamos todo el tiempo: rezaré por ti. Estás en mis oraciones. Tenme presente en tus oraciones. Reza por días mejores. Reza por tener buena salud. Reza por estar a salvo de tus enemigos.
Antes de enseñar a sus discípulos cómo orar, Jesús se tomó un momento para enseñarles cómo no orar. Dijo: “Y al orar, no usen vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán escuchados. No se hagan, pues, semejantes a ellos; porque su Padre sabe de qué cosas tienen necesidad, antes que ustedes le pidan”.
La mayoría de nuestras ideas sobre la oración provienen de conceptos que hemos escuchado a lo largo de nuestra vida, principalmente bajo la premisa de que orar es una conversación con Dios en la que le presentamos una lista de nuestras necesidades. A cambio, esperamos que Dios responda a nuestras oraciones con un sí, un no o un tal vez.
Claramente, Jesús nos dice que eso no es la oración, ya que nuestro “Padre sabe de qué cosas tienen necesidad antes de que ustedes le pidan”.
Si la oración es una conversación con Dios y no un monólogo ni un soliloquio, sino una conversación, se implica que tanto hablar como escuchar están involucrados. Verás, Dios conoce nuestras necesidades, pero quizás nosotros no conozcamos las nuestras. Escuchar, como parte de una conversación, nos permite oír nuestras peticiones, enfocarnos en ellas y encontrar las soluciones que están a nuestro alcance.
Por esta razón, Jesús nos instruye con una oración que le pide a Dios y nos exige que escuchemos.
En el capítulo 6 de Mateo, Jesús dice: Ustedes, pues, oren así: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. Danos hoy nuestro pan cotidiano. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén”


