Una de las historias de la vida de Jesús que debería hacer que todos, sí, todos, nos detengamos a reflexionar es la historia de la mujer sorprendida en adulterio. Está registrada en el Evangelio de Juan, del cual leemos…
Al amanecer, Jesús volvió al templo y toda la gente se acercó a él; él se sentó y les enseñaba. Entonces los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer sorprendida en adulterio. La pusieron en medio y le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en adulterio, en el acto mismo. En la ley, Moisés nos ordenó apedrear a tales mujeres. ¿Tú qué dices?”. Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de tener de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y escribió en la tierra con el dedo, como si no los oyera.
Como ellos insistían en preguntarle, él se enderezó y les dijo: “El que de ustedes esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. Y de nuevo se inclinó y escribió en la tierra. Al oír esto, los que estaban allí, convencidos por su propia conciencia, se fueron retirando uno a uno, empezando por los más ancianos hasta llegar al último. Jesús se quedó solo con la mujer, que seguía allí en medio. Al enderezarse y ver que no había nadie más que la mujer, Jesús le dijo: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?”. Ella respondió: “Nadie, Señor”. Entonces Jesús le dijo: “Yo tampoco te condeno; vete y no peques más” (Juan 8).
Por si te lo perdiste, esta es una historia sobre el juicio. En este relato, Jesús es el único calificado para juzgar. Él es el único que puede aceptar la invitación de tomar la primera piedra, es decir, es el único que no tiene pecado. Jesús se encuentra ante la mujer como juez y como jurado, para ofrecer el veredicto: “Yo tampoco te condeno”.
Una vez más, Jesús enseña la lección de “No juzguen, para que no sean juzgados” (Mateo 7), esta vez con sus acciones, un veredicto que nos recuerda que no tenemos la autoridad moral para arrojar la primera piedra.
Oramos: Señor, enseña a mi corazón a caminar con suavidad en este mundo. Evita que levante piedras: piedras de culpa, piedras de orgullo, piedras de conclusiones apresuradas. Tú conoces las batallas ocultas que cada alma lleva, las heridas que ningún ojo puede ver, los miedos que ninguna voz puede confesar. Permíteme recordar que yo también soy una obra en proceso, necesitado de la misma misericordia que a menudo olvido ofrecer. Amén.
https://epostle.net/wp-content/uploads/2026/04/heart-fingered-on-earth-1.jpg600900Vazken Movsesianhttps://epostle.net/wp-content/uploads/2022/07/final_logo_large_for_epostle_web-300x189.pngVazken Movsesian2026-04-16 00:10:152026-04-22 23:30:07Juez y jurado
Mientras continúas profundizando esta semana en la parábola del juez injusto, notamos que la mujer que pide que se escuche su caso es identificada como viuda. De hecho, a lo largo de los evangelios encontrarás varias referencias a las viudas. El uso de una viuda en esta parábola (Lucas 18) no es una elección arbitraria ni aleatoria por parte de Jesús.
En el Evangelio de Lucas, capítulo 7, leemos que mientras Jesús pasaba por la puerta de la ciudad de Naín, se llevaba a cabo un cortejo fúnebre. La narrativa del Evangelio nos da estos detalles: el difunto era “el hijo único de su madre, y ella era viuda. Y una gran multitud de la ciudad estaba con ella. Cuando el Señor la vio, tuvo compasión de ella y le dijo: ‘No llores’. Entonces se acercó y tocó el féretro, y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: ‘Joven, a ti te digo, levántate’. Entonces el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre”. (12-15)
Sí, Jesús tiene un cuidado y una preocupación especial por las viudas. En esta historia, los detalles son esenciales para comprender la compasión de Jesús y por qué reaccionó de la manera en que lo hizo. En la sociedad de aquella época, es decir, la Palestina del primer siglo, las mujeres eran identificadas por sus padres, sus esposos y, en caso de enviudar, por sus hijos varones. En este relato, encontramos que la viuda ha perdido a su único hijo y, por lo tanto, quedará marginada, sin identidad y condenada a una vida de indigencia. Lamentablemente, en algunas partes del mundo esto sigue siendo cierto y, en muchas sociedades, se puede observar que este es el caso.
Jesús prestaba atención a los olvidados, a aquellos que pasan desapercibidos y se convierten en sombras.
La parábola del juez injusto tiene muchas dimensiones, como hemos explorado a lo largo de esta semana. El detalle de una viuda que busca justicia es importante para alinearnos con la atención de Cristo hacia los que no tienen voz, los que carecen de poder y los olvidados.
Oramos hoy: Señor, abre mi corazón a Tu amor, para que pueda notar y atender a los olvidados. Amén.
https://epostle.net/wp-content/uploads/2026/03/Stepping-on-the-forgotten.jpg450450Vazken Movsesianhttps://epostle.net/wp-content/uploads/2022/07/final_logo_large_for_epostle_web-300x189.pngVazken Movsesian2026-03-19 00:06:542026-03-19 21:25:56¿Por qué la viuda? (y el juez)
El domingo del Juez Injusto es el tercer domingo de Cuaresma que recibe su nombre de un personaje de dudosa fibra moral. Uniéndose al Hijo Pródigo y al Administrador Deshonesto de los dos domingos anteriores, hoy el Juez Injusto completa la trilogía centrando nuestra atención en nuestra vida de oración. Jesús presenta la parábola en el capítulo 18 del Evangelio de Lucas.
El juez injusto es un hombre que, como explica Jesús, no temía a nadie, ni siquiera a Dios, ni le importaba lo que pensaran los demás. En el pueblo donde ejercía como juez, una viuda acudía constantemente a él para rogarle que escuchara su caso. Durante un tiempo él se negó, pero finalmente se dijo a sí mismo: «Aunque no temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda no deja de molestarme, ¡le haré justicia para que no termine agotándome!». Jesús concluye su parábola con una declaración interesante. Dice: «Escuchen lo que dice el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche? ¿Seguirá postergándolos? Les aseguro que les hará justicia, y pronto».
Ciertamente, esta es una historia extraña, al menos en apariencia. A primera vista, podrías pensar que Jesús compara a Dios con este juez injusto. Siguiendo ese paralelo, te inclinas a pensar que Dios puede cansarse o ser doblegado. Es como si, al orar repetidamente, Dios finalmente dijera que sí a nuestras necesidades y deseos. Así que sigue orando, sé persistente. ¡Persevera como la anciana! ¡Y al final Dios se cansará de escucharte y cambiará de opinión! Imagina eso... si Su respuesta para ti era no, ¡ahora has logrado cambiar Su opinión a un sí! Por mucho que quieras creer que Dios puede ser fácilmente persuadido, e incluso si eso encaja con prácticas encontradas en el Antiguo Testamento, eso no es lo que Jesús enseñó.
Lee el capítulo 18 de Lucas. Esta semana analizaremos la oración y el poder que tiene para mover montañas. Adoptaremos un enfoque armodoxo sobre la parábola y el mensaje que Jesús comparte. Nos atreveremos a hacer la pregunta: ¿por qué orar a un Dios que no responde las oraciones? Por hoy, comenzamos con la lección más sencilla sobre la oración: primero, en palabras de Jesús, si el Juez Injusto, que no temía a Dios ni al hombre, le hizo justicia a la mujer, cuánto más cuidará de ti y de todos Sus hijos tu Padre amoroso y atento que está en el Cielo.
Oramos: Señor, enséñame a confiar en Ti. Como nos enseñaste, permíteme entender a mi Padre Celestial como Aquel que cuida y ama infinitamente a mí y a todos Sus hijos. Amén.
En el primer capítulo del Evangelio de San Marcos, leemos la historia de un leproso (una persona que padecía lepra) que se acerca a Jesús para pedirle sanación. Aunque la mayoría de las personas solo han oído hablar de esta enfermedad bacteriana en el contexto de las historias bíblicas, cada año se diagnostican más de 200,000 casos nuevos. Los síntomas de la enfermedad pueden ser desfigurantes y, principalmente por el miedo a su apariencia y al temor de contagio, los leprosos eran aislados en colonias durante la época de Jesús.
La narración de San Marcos es la siguiente: Un leproso se acercó a Él [Jesús], suplicándole, arrodillándose ante Él y diciéndole: “Si quieres, puedes limpiarme”.Entonces Jesús, movido a compasión, extendió su mano y lo tocó, y le dijo: “Quiero; sé limpio”.Al instante, en cuanto Él habló, la lepra lo dejó y quedó limpio. (40-42)
En esta historia, la primera pregunta que debemos hacernos es: ¿Por qué Jesús no elegiría sanar a este hombre? ¿Por qué no querría Él que tú caminaras en la Gracia de Dios?
Esta quinta semana de Cuaresma comienza con la Parábola del Juez Injusto, Lucas 18. Después de leer la historia, debemos preguntarnos si un mejor descriptor para este árbitro judicial podría ser el Juez despiadado o el Juez sin corazón. Dios está lleno de misericordia y, en su compasión, quiere lo mejor para su Creación. Una vez que sabes que Jesús está comprometido con la salvación de tu alma, solo tienes que escuchar las palabras que siguen: “¡Sé limpio!”. Es su elección y su voluntad para tu plenitud.
Oramos con San Gregorio de Narek (1): Oh Dios, Señor de las almas y de toda carne, en palabras de alguien divinamente agraciado, eres paciente y abundante en misericordia… Muéstrame, aquí en el umbral de estas oraciones contritas, la dulzura de tu voluntad. Fortaléceme para que no sea indigno de la luz cuando los cielos se abran, para que no sea consumido y extinguido como una vela. Amén. (Traducido por Thomas J. Samuelian)
https://epostle.net/wp-content/uploads/2024/12/etchmiadzin_Cathedral_photographs_by_gregory_beylerian-32.jpg6671000Vazken Movsesianhttps://epostle.net/wp-content/uploads/2022/07/final_logo_large_for_epostle_web-300x189.pngVazken Movsesian2025-04-02 00:01:542025-04-01 21:35:47La elección de Dios – Día 31 de 40
Continuando con el tema del Juez Injusto, nos guiamos por el evangelista San Lucas, quien compartió esta parábola tal como la presentó Jesús. Hablamos sobre la oración y, si Dios conoce nuestras necesidades, ¿por qué orar?
¿Con qué frecuencia nos damos tiempo para escucharnos, para oír hablar a nuestro ser interior? Parte de este viaje cuaresmal ha sido abrir los oídos de nuestro corazón para poder escuchar con atención. El salmista dice: “¡Estad quietos! Y reconoced que yo soy Dios”. (46:10) La Cuaresma nos brinda la oportunidad de sentarnos en silencio y escuchar, oír, absorber y, por lo tanto, crecer espiritualmente. La Cuaresma no es solo reducir la comida, sino llegar a lo esencial: ¿Qué es necesario para sobrevivir? O en palabras de Jesús (al tentador): “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. (Mateo 4:4)
Al enseñarnos a orar, Jesús nos indica que vayamos a un lugar apartado y oremos sin distracciones para comprender cuáles son nuestras necesidades. ¿Cómo se satisfacen nuestras necesidades? Necesitamos encontrar fortaleza, paciencia y devoción.
Alguien dijo sabiamente una vez: ¡Si quieres que tus sueños se hagan realidad, primero tienes que despertar! Es ciertamente lógico. No puedes soñar y actuar al mismo tiempo. Toma el control de tu vida y haz que suceda.
Jesús nos enseñó a llamar a Dios, Padre. Ninguna otra religión se atreve a llamar Padre al Señor del Universo. Jesús lo hace y establece una relación de cuidado. Si aceptamos que somos hijos de Dios y que Él es nuestro Padre, entonces sabemos que Él cuidará de nosotros en todas las circunstancias. Así como cuida de las aves del cielo y de los lirios del campo, que hoy están aquí y mañana desaparecen, así también cuidará de ti. Jesús nos dice: “¿Cuánto más vales tú que esos lirios del campo, que esas aves del cielo? Tu Padre Celestial cuida de ellos. ¡Cuánto más cuidará de ti!”
¿Crees esto? Requiere una fe incuestionable y es difícil de lograr, de ahí la necesidad de disciplinarnos. Lo que nos queda es seguir orando. ¡Persistencia! ¡Perseverancia! ¡Constancia! Como la mujer en la historia, nunca dudes de que al final obtendrás lo que necesitas, porque en esa persistencia, eres tú escuchándote a ti mismo. En tu persistencia descubrirás que estas oraciones se convierten en mantras. Se transforman en pautas con las que comienzas a vivir y a asumir la responsabilidad de tu vida.
Un acto de caridad es hacer un inventario de las veces en que has confiado en Dios y las cosas han encontrado su lugar. Ayuna de sentimientos de desconfianza.
Prueba la ensalada mediterránea de frijoles, el platillo destacado de Cuaresma con la receta a continuación.
Oremos la oración que nuestro Señor, Jesucristo, nos enseñó: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. Venga tu reino, hágase tu voluntad en la Tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras deudas como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores, y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por siempre. Amén.”
https://epostle.net/wp-content/uploads/2025/03/Sign-Walking-scaled.jpg19202560Vazken Movsesianhttps://epostle.net/wp-content/uploads/2022/07/final_logo_large_for_epostle_web-300x189.pngVazken Movsesian2025-03-31 00:01:062025-03-20 08:19:17Confianza – Día 29 de 40
Armodoxy para hoy – Ordenando nuestras oraciones – Día 28 de Cuaresma
De los domingos de Cuaresma, tres llevan el nombre de parábolas que destacan personajes cuestionables. Durante los dos últimos domingos conocimos al Hijo Pródigo y al Administrador Deshonesto. Completando la trilogía de domingos de parábolas, la dedicación de este día 28 de Cuaresma es para el Juez Inicuo. Las tres parábolas provienen de nuestro Señor y se encuentran en el Evangelio de Lucas, capítulos 16, 17 y 18, respectivamente.
El juez inicuo es un hombre que, como explica Jesús, no temía a nadie, ni siquiera a Dios, ni le importaba lo que pensaran los demás. En el pueblo donde ejercía como juez, una viuda acudía a él constantemente para suplicarle que escuchara su caso. Durante un tiempo él se negó, pero finalmente se dijo: “Aunque no temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda no deja de molestarme, le haré justicia para que no termine agotándome”. Jesús concluye su parábola con una declaración interesante. Dice: “Escuchen lo que dice el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche? ¿Los hará esperar? Les aseguro que les hará justicia, y pronto”.
Ciertamente, esta es una historia extraña, al menos en apariencia. A primera vista, podrías pensar que Jesús compara a Dios con este juez inicuo e injusto. Siguiendo ese paralelo, te inclinas a creer que Dios puede ser cansado o desgastado. Es como si, al orar repetidamente, Dios finalmente accediera a nuestras necesidades y deseos. Así que sigue orando, mantente persistente. ¡Persevera como la anciana! ¡Y al final, Dios se cansará de escucharte y cambiará de opinión! Sí, es extraño, y quizás por esa razón el evangelista San Lucas escribe unas palabras de explicación como prefacio a la parábola. Dice: “Jesús contó esta parábola a sus discípulos para mostrarles que siempre deben orar y no desmayar”. La narración de San Lucas sugiere que en su tiempo, al igual que hoy, existe una idea errónea sobre la naturaleza de la oración.
Cuando Jesús nos enseña el “Padre Nuestro”, advierte: “No multipliquen las palabras. Su Padre celestial ya sabe lo que necesitan. Por lo tanto, cuando oren, oren así: Padre nuestro, que estás en el cielo...”. Pensemos en esto por un momento. Si nuestro Padre celestial sabe lo que necesitamos, ¿por qué deberíamos orar? Esta pregunta revela que tenemos un malentendido sobre la oración.
La oración no es simplemente una conversación con Dios. Oramos porque necesitamos una conversación con nosotros mismos. Dios ya conoce los deseos de nuestro corazón. Él conoce nuestras necesidades y, como un padre amoroso, quiere lo mejor para nosotros. La verdadera pregunta es: ¿conocemos nosotros nuestras necesidades? Puede sonar extraño, pero a menos que tengas un enfoque verdadero en tu vida, es cuestionable si sabes cuáles son tus necesidades. Por eso, tenemos la Cuaresma, anualmente, para realinearnos con Dios y con nosotros mismos.
El acto de caridad hoy consiste en acercarte a alguien con una necesidad evidente: un paciente en el hospital, una persona en la calle, un amigo afligido. Sin ser intrusivo y sin preguntarles, ¿puedes comprender cuáles son sus necesidades? Ayuna de oraciones que parecen listas de compras.
Prueba los champiñones al limón y ajo para la comida de Cuaresma de esta noche con la siguiente receta.
Oramos: Señor Dios nuestro, conoces nuestras necesidades y deseos mejor que nosotros mismos. Abre mi corazón a Tu amor para que pueda confiar en que Tú estás al mando. Amén.
El camino de la Cuaresma es muy parecido a una escalera. A medida que ascendemos, reconocemos los cimientos que construimos con cada paso. Cada peldaño depende de los pasos anteriores que hemos dado, y el éxito de nuestra ascensión depende de que pongamos el pie con firmeza en el escalón anterior.
El paso de ayer nos presentó la parábola del juez injusto. A través de ella, Jesús nos enseñó sobre la naturaleza de la oración. Como nuestro Padre Celestial ya conoce nuestras necesidades, entendemos la oración no solo como una conversación con Dios, sino como una conversación con nosotros mismos. Al subir los escalones, llegamos a comprender a Dios como un Padre cariñoso y compasivo que trabaja con nosotros y dentro de nosotros, no fuera de nosotros. Muchas veces, nuestras oraciones se basan en la expectativa de que Dios, como Superman, vendrá bajando de los cielos para rectificar la situación en la que estamos. Cuando rezamos: "Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo", no debemos esperar que algo externo a nosotros tome el control; es decir, un efecto "Superman" por parte de Dios. Nuestra comprensión de la oración hoy es que estamos abiertos a la posibilidad de que se haga la voluntad de Dios. No se trata simplemente de sentarnos y decir: "Hágase tu voluntad", esperando que algún poder externo nos domine, sino que ahora estamos abiertos a la posibilidad de que Dios trabaje a través de nosotros. Eso significa que abrimos nuestras manos y abrazamos a quienes necesitan amor. Eso significa que damos un paso tras otro y caminamos por los senderos de la justicia. Eso significa que abrimos nuestros ojos y nuestros oídos a la justicia de Dios. Eso significa que nos convertimos en los instrumentos para hacer la voluntad de Dios aquí en la tierra. Esto es muy diferente a la oración de un hombre perezoso que desea que Dios baje de los cielos y se encargue de todas sus necesidades.
“Hágase tu voluntad” es una oración en la que nos involucramos, en la que estamos en comunión con Dios, permitiendo que Él obre a través de nosotros. Es permitir que Dios sea nuestro socio en esta vida. Esta es la oración madura del cristiano. Es el nuevo paso que damos hoy. Comprendemos a Dios a través de la conversación que mantenemos con Él. La oración es esta nueva conversación con Dios y no es una calle de un solo sentido. No es una lista de peticiones que entregamos esperando que se cumpla como si fuera Santa Claus, quien baja por la chimenea y reparte regalos según quién se ha portado “bien o mal”. Nuestros sueños pueden ser audaces, pero para hacerlos realidad, Dios obra a través de nosotros. Él se convierte en nuestro socio para que seamos sus pies, sus manos, su voz y su fuerza aquí en la Tierra.
San Pablo compara a la Iglesia con el Cuerpo de Cristo, hablando específicamente de los miembros del cuerpo en términos de manos, pies y piernas. ¿Por qué? Porque la única manera en que Cristo puede trabajar en este mundo es a través de una presencia física y un cuerpo. Y aquí está el siguiente paso hacia arriba... Has llegado al día 29, pisando los escalones anteriores y avanzando. Has hecho la transición en tu entendimiento. La oración es tu asociación con Dios.
Sí, el camino de la Cuaresma nos ha traído hasta aquí. Lo que comenzó como una aventura solitaria es ahora una asociación entre tú y Dios, entre tú y los demás. No estás solo. Hay una razón por la que Jesús dice: "Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estaré yo". Él no dice: "Donde uno está reunido", porque no puede haber un solo cristiano. El cristianismo implica una comunidad. Implica trabajar juntos. La fe sin obras es vana, dice el apóstol.
En este día de Cuaresma, entendemos que la oración tendrá un significado diferente para nosotros. Las palabras "Hágase tu voluntad" serán un llamado a la acción para que abramos nuestros corazones y nuestros sentidos a la posibilidad de que el Dios Eterno del Universo trabaje a través de nosotros y no fuera de nosotros.
Pero, ¿qué pasa con los problemas que nos superan, como los terremotos, los huracanes, las enfermedades y los padecimientos? Analizaremos esos problemas mañana mientras continuamos con este hilo conductor, al dar el siguiente paso en la escalera de la Cuaresma.
Por lo tanto, para nuestra oración de hoy, recemos la oración de San Francisco de Asís. “Señor, hazme un instrumento de tu paz. Donde haya odio, ponga yo amor; Donde haya ofensa, ponga yo perdón; Donde haya duda, ponga yo fe; Donde haya desesperación, ponga yo esperanza; Donde haya tinieblas, ponga yo luz; Donde haya tristeza, ponga yo alegría. Maestro, que no busque yo tanto ser consolado como consolar, Ser comprendido como comprender, Ser amado como amar. Porque dando es como recibimos, perdonando es como somos perdonados, y muriendo es como nacemos a la vida eterna. Amén.”
https://epostle.net/wp-content/uploads/2013/03/FRICE032.jpg900600Vazken Movsesianhttps://epostle.net/wp-content/uploads/2022/07/final_logo_large_for_epostle_web-300x189.pngVazken Movsesian2024-03-11 00:01:522024-03-08 17:45:54El camino de Dios – Día 29 de Cuaresma
Camino de Cuaresma, día 28: Perseverancia De los domingos de Cuaresma, tres llevan el nombre de parábolas que destacan personajes cuestionables. Durante los dos últimos domingos conocimos al hijo pródigo y al administrador deshonesto. Para completar la trilogía de domingos de parábolas, la dedicación de este día 28 de Cuaresma es para el juez injusto. Las tres parábolas provienen de nuestro Señor y se encuentran en el Evangelio de Lucas, capítulos 16, 17 y 18, respectivamente. El juez injusto es un hombre que, como explica Jesús, no temía a nadie, ni siquiera a Dios, ni le importaba lo que pensaran los demás. En el pueblo donde servía como juez, una viuda seguía acudiendo a él y suplicándole que escuchara su caso. Durante un tiempo se negó, pero finalmente se dijo a sí mismo: “Aunque no temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda no deja de molestarme, le haré justicia para que no termine por agotarme”. Jesús concluye su parábola con una declaración interesante. Dice: “Escuchen lo que dice el juez injusto, ¿y acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche? ¿Seguirá postergándolos? Les digo que les hará justicia, y pronto”. Ciertamente, es una historia extraña. A primera vista, podrías pensar que Jesús compara a Dios con este juez injusto. La parábola crea la imagen de un Dios que puede ser desgastado o cansado. Es como si, al perseverar, si seguimos orando una y otra vez, Dios finalmente se cansará y dirá sí a nuestras necesidades y deseos. Así que sigue orando, sigue siendo persistente. ¡Persevera como la anciana! Y al final, Dios cederá y te dará lo que quieres. Al examinar la parábola con más atención, es decir, cuando la leemos en su totalidad, vemos que el evangelista, San Lucas, escribe unas palabras de explicación como prefacio. Dice: “Jesús contó esta parábola a sus discípulos para mostrarles que debían orar siempre y no desanimarse”. Así que sí, esta es una historia de perseverancia, pero no para desgastar a Dios, sino para tener presente que debemos estar continuamente en comunión con Él. El prefacio de San Lucas sugiere que en su época, al igual que hoy, existe una idea errónea sobre la naturaleza de la oración. Cuando Jesús nos enseña el “Padre Nuestro”, nos advierte: “No multipliquen las palabras. Su Padre celestial ya sabe lo que necesitan. Por tanto, cuando oren, oren así: Padre nuestro, que estás en el cielo…”. Pensemos en eso por un momento. Si nuestro Padre celestial sabe lo que necesitamos, ¿por qué debemos orar? Dios conoce nuestras necesidades, así que, obviamente, tenemos un malentendido muy real sobre la naturaleza de la oración. La oración no es solo una conversación con Dios. Oramos porque necesitamos una conversación con nosotros mismos. Dios ya conoce los deseos de nuestro corazón. Conoce nuestras necesidades y deseos, probablemente mejor que nosotros mismos. Dios sabe a dónde vamos. La verdadera pregunta es: ¿tú lo sabes? Puede sonar extraño, pero a menos que tengas un enfoque verdadero en tu vida, es cuestionable si sabes cuáles son tus necesidades. ¿Con qué frecuencia te das tiempo para escucharte, para oír hablar a tu ser interior? Parte de este camino de Cuaresma ha sido abrir los oídos de nuestro corazón, para poder escuchar con atención. El salmista dice: “¡Quédate quieto y reconoce que yo soy Dios”. La Cuaresma nos da la oportunidad de sentarnos en silencio y escuchar, oír, absorber y, por lo tanto, crecer espiritualmente. La Cuaresma no es solo reducir la comida, sino llegar a lo esencial: ¿Qué es necesario para sobrevivir? O en palabras de Jesús (al tentador): “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca del Señor”. Al enseñarnos a orar, Jesús nos indica que vayamos a una habitación pequeña y oremos sin distracciones para que comprendamos cuáles son nuestras necesidades. Porque cuando oramos por cosas buenas, Dios ya quiere que las tengamos, pero ¿cómo llegarán a nosotros? Necesitamos encontrar la fuerza. Necesitamos encontrar la paciencia, la devoción. Necesitamos encontrar los valores correctos. Necesitamos despertar, dejar de lado nuestros sueños y vestirnos con el nuevo ropaje de la esperanza para seguir adelante. Todo esto proviene de la persona —tú y yo— tomando acción. Cuando aceptamos que somos hijos de Dios y que Él es nuestro Padre, entonces sabemos que Él cuidará de nosotros en todas las circunstancias. Así como cuida de las aves del cielo, como cuida de los lirios del campo que hoy están aquí y mañana desaparecen, así también cuidará de ti. Jesús nos dice: “¿Cuánto más vales tú que esos lirios del campo, que esas aves del cielo? Tu Padre celestial cuida de ellos. ¡Cuánto más cuidará de ti!”. ¿Tienes esa fe? Es una fe incuestionable y difícil de alcanzar, de ahí la necesidad de disciplinarnos. Lo que nos queda es seguir orando. ¡Persistencia! ¡Persevera! ¡Constancia! Como la mujer de la historia, nunca dudes de que al final obtendrás lo que necesitas, porque en esa persistencia, no es Dios el juez quien escucha, eres tú escuchándote a ti mismo. En tu persistencia, descubrirás que estas oraciones se convierten en mantras. Se transforman en pautas por las que empiezas a vivir, por las que empiezas a aceptar la responsabilidad en tu vida. Y tanto como tu vida ha cambiado durante este tiempo de Cuaresma, tu vida de oración comenzará a madurar, y tus oraciones se convertirán en mantras reales hacia la acción, para realizar los sueños que están profundamente arraigados en tu corazón y no los deseos basados en los caprichos de hoy. Concluimos el camino de Cuaresma de hoy con la oración que nuestro Señor, Jesucristo, nos enseñó: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por siempre. Amén.”
https://epostle.net/wp-content/uploads/2013/03/SPACE040.jpg600900Vazken Movsesianhttps://epostle.net/wp-content/uploads/2022/07/final_logo_large_for_epostle_web-300x189.pngVazken Movsesian2024-03-10 00:01:452024-03-08 17:34:20Constante y coherente – Día 28 de Cuaresma