Armodoxy para hoy: Aplicando al Padre – Día 17 de Cuaresma
Continuamos aprendiendo de la parábola del hijo pródigo (Lucas 15) y hoy seguimos analizando el carácter del padre. Ayer hablamos de él como una expresión del amor de nuestro Padre Celestial. Hoy, comprendemos la importancia de este tiempo de Cuaresma al aplicar el amor del padre a nuestras propias vidas.
Las acciones del padre del hijo pródigo nos enseñan lo que se requiere de nosotros en nuestras relaciones, no necesariamente con los hijos, sino entre nosotros. Hay personas que nos han lastimado. El grado del daño no es lo importante. Quizás hemos llorado por una palabra mal dicha o nos hemos sentido devastados por una traición. El dolor ha abierto un abismo en nuestras relaciones con los demás. Todos hemos creado divisiones entre nosotros y Dios debido a nuestras acciones o nuestra falta de ellas, sin embargo, Dios nos ha dado un camino de regreso. Nosotros también debemos hacer lo mismo y dejar las puertas abiertas para que esas personas vuelvan a nosotros. En otras palabras, es momento de terminar con los rencores. No te dejes atrapar por el orgullo insensato. Deja las puertas abiertas sin esperar que alguien cruce el umbral. No esperes a que quienes te han lastimado regresen, solo ten presente que, en el fondo, existen muchos deseos que quizás no comprendas. Si la puerta está abierta, ellos podrían volver y, cuando lo hagan, debes abrazarlos y lo harás.
Tu corazón te está hablando. No pienses con la mente. Prepárate para recibir. Prepárate para acoger, para abrazar, para envolverlos con el amor que llevas en tu corazón. Este es el ejemplo que Jesús nos da a través del personaje del padre en la parábola. Por un lado, nos muestra lo que hace nuestro Padre Celestial y el ejemplo que debemos seguir con quienes nos rodean. Por otro lado, hemos orado: "Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Dios nos perdona. Por lo tanto, nosotros debemos perdonar a los demás.
Tu acto de caridad hoy consiste en abrir las puertas que has cerrado. Ayuna de los cerrojos que mantienen las puertas cerradas y que impiden que las relaciones continúen.
El menú de Cuaresma de hoy incluye fideos asiáticos con edamame.
Oremos, con San Gregorio de Narek (12): [Señor] Inscribe tu nombre en la claraboya de mi morada. Cubre el techo de mi templo con tu mano. Marca el umbral de mi celda con tu sangre. Imprime el exterior de mi puerta con tu señal. Protege con tu mano derecha la estera donde descanso. Amén. (Traducido por Thomas J. Samuelian)
https://epostle.net/wp-content/uploads/2025/03/IMG_5742.jpg13652048Vazken Movsesianhttps://epostle.net/wp-content/uploads/2022/07/final_logo_large_for_epostle_web-300x189.pngVazken Movsesian2025-03-19 00:01:492025-03-18 21:43:55Aplicando al Padre – Día 17 de 40
Armodoxy de hoy: Esperando pacientemente – Día 16 de Cuaresma
Continuando con la parábola del hijo pródigo, hoy observamos la figura del padre, quien espera con firmeza el regreso de su hijo a casa.
Primero aprendemos que el padre da sin restricciones ni condiciones. Su hijo le dice: “Dame mi herencia para que pueda irme, establecerme y comenzar mi vida”. El padre, siendo un hombre sabio, ciertamente comprende que su hijo podría perder o malgastar el dinero, pero no discute con él. Lo deja ir. Aunque sabe lo que puede pasar, también acepta que la vida de su hijo le pertenece a él. Sí, cometer errores puede ser doloroso, pero es a través de esos errores que los hijos aprenden.
La segunda vez que vemos al padre es cuando el hijo regresa. Recuerda que el hijo está arrepentido, o al menos comprende que puede tener una vida mejor regresando a la casa de su padre. Sin importar cuáles sean las intenciones del hijo, el padre, al verlo en el camino de regreso, corre a su encuentro y ni siquiera permite que su hijo pida perdón. No juega al orgullo. No dice neciamente: “Déjame esperar a ver qué tiene que decir”. Él está ahí para aceptar a su hijo. No dice: “Te lo dije. Sabía que volverías”. En cambio, reconoce a su ser querido —el hijo al que cuidó, dio a luz y crió— ¡que ahora ha regresado! Qué emocionado debe estar. Por supuesto, corre hacia su hijo y lo abraza.
El padre en la parábola es una expresión de nuestro Padre Celestial. Jesús nos da un vistazo del amor incondicional de Dios. Dios en el cielo espera a que volvamos a casa y, cuando decidimos regresar, no espera a que roguemos para volver a Su Reino. Él espera pacientemente a que demos ese primer paso de retorno. Es entonces cuando se acerca a nosotros y nos abraza por completo. ¡Nos recibe y nos da Vida! Dios nos acepta como verdaderos hijos de su Reino. Su aceptación es un hecho. El requisito es que digamos: “Sí, he pecado. He tomado el camino equivocado. He malgastado lo que Dios me ha dado. Quiero encontrar paz. Quiero encontrar ese amor en el que Dios me creó”. Dios espera a que digamos: “Estoy listo”, y después de eso, todo toma su lugar.
Tu acto de caridad hoy sigue el espíritu del padre del hijo pródigo: acepta a quienes se han alejado. ¿Están buscando una forma de volver y te preguntas qué tan dispuesto estás a perdonar? Ayuna hoy de todo aquello que te impide abrir la puerta de tu corazón.
La receta de hoy es bocaditos de cereza y nuez; el enlace a la receta se encuentra abajo.
Oramos, con San Gregorio de Narek, (33) Oh Señor, prepáranos moradas honorables para participar de tu cordero celestial, para que podamos comer el maná vivificante de la nueva salvación y escapar de los castigos de la condenación. Que nuestra blasfemia sea purificada en el fuego del refinador, como el profeta habló del carbón encendido con las tenazas de la ofrenda en el altar, para que tu misericordia sea proclamada en todas las cosas como la bondad amorosa del Padre, quien abrazó al hijo pródigo con herencia paternal y condujo a la prostituta a la dicha del reino celestial, fue proclamada por el Hijo de Dios. Amén. (Traducido por Thomas J. Samuelian)
Tu teléfono está fallando. Intentas abrir una aplicación y no responde. Presionas y no sucede nada. Sin respuesta. Recuerdas que hace un momento funcionaba con una lentitud desesperante. Estás frustrado y, para colmo, no puedes salir de la pantalla. Deslizas, presionas, estás listo para darle un golpe contra la mesa, como harías con los viejos aparatos mecánicos si fallaran, pero no quieres arriesgarte a romper la pantalla. ¿Deberías llamar al soporte técnico? Bueno, lo harías, pero tu teléfono está bloqueado y no puedes hacer llamadas. Abres tu computadora para buscar una solución en Google. En ese momento, tu hijo se acerca y te pregunta por qué estás golpeando el teclado. Levantas la vista y, aunque no pierdes la calma, estás listo para ignorar su pregunta con un encogimiento de hombros, pero terminas mencionando que tu teléfono está bloqueado y no funciona. Tu hijo se acerca, presiona los dos botones y, de repente, la pantalla se queda en blanco. Entras en pánico. ¿Se rompió el teléfono? Él te mira y te dice que esperes 30 segundos y lo reinicies. Esperas, lo haces y, en menos de un minuto, todo vuelve a funcionar con la velocidad y facilidad que te recuerda al día en que estrenaste tu teléfono.
Se le llama reinicio. Después de un tiempo, tu teléfono se llena de basura proveniente de aplicaciones, anuncios y correos electrónicos. Reiniciar limpia esa basura. Volver a encenderlo es un nuevo comienzo.
No te estoy dando consejos técnicos hoy, simplemente estoy haciendo una analogía con el periodo de Cuaresma. Con el inicio de la Cuaresma, has apagado tu teléfono. Los días de Cuaresma en los que te encuentras ahora son ese periodo de espera de 30 segundos, y el Domingo de Pascua, volverás a encender tu vida.
Tu acto de caridad de hoy está dirigido hacia ti mismo. Apaga tu teléfono. Espera un momento y vuelve a encenderlo. Ahora tienes un teléfono reiniciado.
Prueba una ensalada de espinacas con aderezo de maracuyá y almendras glaseadas con maple. La receta se encuentra al final de esta página.
Oramos: “Señor, te agradezco por el don del perdón. Al saber que perdonas los pecados y que tu perdón es completo, reinicio mi vida y te agradezco por la oportunidad de comenzar de nuevo. Amén”.
https://epostle.net/wp-content/uploads/2025/03/Reset-Phone-640.jpg11251125Vazken Movsesianhttps://epostle.net/wp-content/uploads/2022/07/final_logo_large_for_epostle_web-300x189.pngVazken Movsesian2025-03-06 00:01:282025-03-05 22:46:06Prueba el teléfono – Día 4 de 40
En el “Padre Nuestro” le hacemos muy pocas peticiones a Dios. Pedimos nuestro pan de cada día, el perdón de nuestros pecados, ser librados de la tentación y, en última instancia, del mal. Es una lista breve con exigencias enormes. De todas ellas, el perdón de los pecados destaca sobre las demás porque es la única petición que está condicionada. Cuando Jesús enseña esta oración, utiliza las palabras: “Perdona nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”.
¡Nuestras deudas, o pecados, son perdonadas bajo el mismo estándar con el que nosotros perdonamos las deudas, o pecados, de los demás! De hecho, este es un aspecto tan importante de la oración del Padre Nuestro, que Jesús lo refuerza con una declaración tras la oración en los versículos 6:14-15: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis vuestros ofensas a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas”.
Nuestros pecados son perdonados tal como nosotros perdonamos los pecados de los demás. Si perdonas a alguien solo la mitad de su deuda, ten por seguro que Dios solo perdonará la mitad de tus deudas o pecados.
Más allá de calcular porcentajes de pecados y fracciones de perdón, Jesús nos pide que asumamos la responsabilidad de mantener la armonía en el mundo.
El mayor obstáculo para vivir una vida buena, significativa y plena es nuestro pecado. En la Iglesia definimos siete pecados “capitales”: soberbia, ira, envidia, avaricia, lujuria, gula y pereza. Hoy, tómate un momento para identificar las razones y los obstáculos que te impiden vivir una vida buena y piadosa. Descubrirás que uno o varios de estos pecados están en la raíz de tus dificultades. Tienes en ti la capacidad de ser perdonado por tus pecados. La condición es única: perdona a los demás. En otras palabras, Jesús nos pide que vivamos en armonía con todos.
No hay nadie que no peque. Solo Jesús es libre de pecado. Como tal, solo Jesús tiene el derecho de juzgar a los demás, pero él elige no hacerlo. Ahora nos toca a nosotros. Perdona.
Oremos, Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Y perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por siempre. Amén.
https://epostle.net/wp-content/uploads/2024/12/cover-572.jpg11251125Vazken Movsesianhttps://epostle.net/wp-content/uploads/2022/07/final_logo_large_for_epostle_web-300x189.pngVazken Movsesian2024-12-23 00:01:162024-12-22 21:58:59Condiciones (o no) para el perdón
En nuestro mensaje diario sobre la oración, definimos la oración como una conversación que implica tanto hablar como escuchar. El arte de escuchar no se limita a una función de los oídos. Por ejemplo, en el Padre Nuestro, la petición de perdonar nuestras ofensas, o pecados, depende de tu capacidad para perdonar a quienes te ofenden.
El acto de escuchar, en este caso, requiere que contemples tu patrón de perdón. Escuchar significa reflexionar sobre todas aquellas personas que te han herido, que han "pecado" contra ti, y preguntarte sinceramente si las has perdonado. Porque la condición para recibir el perdón de Dios depende de tu perdón hacia los demás. "Perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores". ¿Les perdonaste la mitad de su deuda? Entonces puedes esperar que Dios perdone la mitad de la tuya. En otras palabras, al decir "perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores", eres responsable de tu propia recompensa o condenación. Con tu propia boca redactas un boleto de paz o un camino de tormento. De hecho, es tan importante esta condición que Jesús la reitera al concluir el "Padre Nuestro". En Mateo 6:14-15, Jesús añade estos versículos a la oración: "Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas".
Escuchar es un acto de introspección. Dios te habla en múltiples niveles; piensa en ellos como diferentes frecuencias y anchos de banda. No esperes escuchar la voz atronadora de Dios si primero no has escuchado Su suave susurro en tu corazón. Es una voz que te dice que mires hacia tu interior, perdones y sigas adelante. Conversa con Dios y recuerda escuchar, especialmente con tu corazón.
Comparto contigo la oración de San Nerses Shnorhali, de la hora 23: Señor misericordioso, ten piedad de todos tus fieles, de los que son míos y de los que son extraños, de los que conozco y de los que no conozco, de los vivos y de los muertos, y perdona a todos mis enemigos y a quienes me odian por las ofensas que han cometido contra mí; aparta de ellos la malicia que sienten hacia mí, para que sean dignos de tu misericordia.
https://epostle.net/wp-content/uploads/2024/10/cover-515.jpg8461059Vazken Movsesianhttps://epostle.net/wp-content/uploads/2022/07/final_logo_large_for_epostle_web-300x189.pngVazken Movsesian2024-10-10 00:01:462024-10-09 16:13:40Reducción de deuda (Escucha con el corazón)
El Myron desde Armenia hasta tu hogar, una miniserie para celebrar la consagración del Santo Myron.
Al explorar el significado del myron, su preparación y su simbolismo, comenzamos con un pasaje de las Escrituras para poner en perspectiva nuestro propósito para esta serie y, en última instancia, el propósito del myron. Es el primer paso para comprender este elemento tan místico que nos une a la humanidad y a lo Divino.
Del Evangelio de San Lucas (7) leemos: Entonces uno de los fariseos le rogó a Jesús que comiera con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de Él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. Cuando vio esto el fariseo que le había invitado, dijo para sí: “Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora”.
Y Jesús le dijo: “Simón, tengo algo que decirte... Un acreedor tenía dos deudores. Uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Y como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos. Dime, pues, ¿cuál de ellos le amará más?”
Simón respondió y dijo: “Supongo que aquel a quien perdonó más”.
Y Él le dijo: “Has juzgado bien”. Luego, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa; no me diste agua para mis pies, pero ella ha lavado mis pies con sus lágrimas y los ha secado con los cabellos de su cabeza. No me diste un beso, pero esta mujer, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite, pero esta mujer ha ungido mis pies con perfume. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho. Pero a quien poco se le perdona, poco ama”.
Entonces le dijo a ella: “Tus pecados te son perdonados”.
Y los que estaban sentados a la mesa con Él comenzaron a decir entre sí: “¿Quién es este que también perdona pecados?”. Entonces dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado. Ve en paz”.
Hoy te pido que medites en este pasaje tan revelador. Más que el pasaje similar que leímos ayer, este señala el propósito del acto de la unción y, por lo tanto, sienta las bases para la bendición del Myron. Hay una razón para la bendición del Myron que toca nuestra vida diaria y nuestras relaciones con los demás. El perdón conduce a la armonía y a la paz con nosotros mismos, con nuestros hermanos y hermanas, y con el mundo.
De ninguna manera debe tomarse a la ligera; es el paso necesario antes de que comencemos a profundizar en la bendición del Myron mañana. Así que, contempla estos pensamientos.
Foto de portada: Tierra ante el Jardín, 2017 Movsesian
https://epostle.net/wp-content/uploads/2024/08/IMG_5224-scaled.jpg13232560Vazken Movsesianhttps://epostle.net/wp-content/uploads/2022/07/final_logo_large_for_epostle_web-300x189.pngVazken Movsesian2024-08-27 00:01:472024-09-07 17:07:46Fundamentos para Muiron
Como parte de los relatos de la Pasión, casi todos saben que Simón Pedro negó a Jesús tres veces. En el momento más crítico, mientras Jesús es juzgado, condenado y sentenciado a muerte, Pedro, su amigo cercano y discípulo, niega conocer a Jesús. Pocos saben que, después de la Resurrección, Pedro tuvo la oportunidad de mostrar su arrepentimiento expresando su amor por el Señor. En el Evangelio de Juan (21) seguimos un diálogo entre Jesús y su discípulo, Simón Pedro:
Cuando terminaron de desayunar, Jesús le dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que a estos?”
Él le respondió: “Sí, Señor; tú sabes que te amo”.
Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.
Le volvió a decir por segunda vez: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?”
Él le respondió: “Sí, Señor; tú sabes que te amo”.
Él le dijo: “Pastorea mis ovejas”.
Le dijo por tercera vez: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” Pedro se entristeció de que le dijera por tercera vez: “¿Me amas?”
Y le respondió: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”.
Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas”.
Algunos llaman a este episodio la restitución de Pedro, es decir, él negó a Jesús tres veces y ahora reconoce su amor tres veces, con la metáfora de las ovejas refiriéndose a su posición pastoral dentro de la Iglesia. Nosotros lo llamamos perdón, puro y sencillo, de una manera que solo Dios puede dar y solo Dios puede comprender.
Jesús se trataba de perdón. El mensaje del perdón fue enseñado con palabras y luego él lo demostró desde la Cruz y después de la Resurrección, cuando perdonó a su amigo Pedro. A menudo en la vida, escuchamos sobre actos horrendos cometidos por personas, pero su perdón es un asunto entre ellos y Dios.
Oremos: Escudriñador de secretos, he pecado contra ti, voluntaria e involuntariamente, a sabiendas y sin saberlo. Concédeme el perdón a mí, pecador; pues desde mi nacimiento a través del santo bautismo, hasta este día, he pecado ante ti, Señor, con todos mis sentidos y en todos los miembros de mi cuerpo. Ten misericordia de tus criaturas y de mí, un pecador. Amén.
Portada: Envato Elements
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Durante los últimos dos días analizamos a dos personajes diferentes de la Parábola del Hijo Pródigo (Lucas 15). Hoy continuaremos observando la parábola y esta vez nos enfocaremos en las acciones del hermano mayor.
De los tres personajes en la parábola del hijo pródigo, quizás con el hermano mayor sea con quien mejor podemos identificarnos. Tal vez sea porque, bueno, básicamente es un buen tipo. Es un hombre amable. Es quien hizo las cosas bien y se mantuvo fiel. Se quedó en casa y no desperdició el dinero que su padre le había dado. Fue leal. Fue obediente. Pero sobre todo vemos en él al hombre que, como todos nosotros, reconoce la injusticia de la vida. Había una injusticia que se estaba desarrollando porque, cuando el hermano menor regresó a casa, hubo una celebración. Era casi como si estuviera siendo recompensado por su falta de disciplina.
El hermano mayor también hizo algunas preguntas que podrían haber surgido de una simple envidia. ¿Por qué yo no? ¿Por qué sucede que a la gente mala le pasan cosas buenas? ¿Por qué se recompensan las acciones de la persona mala mientras mi bondad pasa desapercibida? He sido leal. He sido el hijo modelo del que cualquier padre estaría orgulloso. Ahora este hijo tuyo regresa a casa, después de desperdiciar y abusar de lo que le diste. ¿Cómo puede merecer el becerro gordo? ¿Una celebración? ¿El anillo de autoridad en su mano? Simplemente: ¿Por qué yo no? Quizás es esta expresión la que nos resulta familiar a todos.
En nuestra vida existen muchos ejemplos de injusticia. A menudo vemos personas que, al parecer, no merecen ser recompensadas y, sin embargo, son honradas con privilegios y premios. ¿Por qué yo no? es una pregunta natural ante esta desigualdad. No solo es natural, sino también lógica si creemos que el bien debe ser recompensado; después de todo, yo he actuado bien. Soy una buena persona. Claro, tengo mis defectos, pero en el fondo soy alguien bueno. ¿Por qué mi bondad no está siendo recompensada?
El padre en la historia da una respuesta muy sencilla. Es una respuesta que surge desde la perspectiva de la paternidad. “Hijo”, le dice el padre al mayor, “tú siempre has estado conmigo. Todo lo que tengo es tuyo. Pero este hermano tuyo estaba perdido y ha sido hallado; estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Al decir esto, el padre le pide a su hijo que vea el panorama completo. No se trata solo de este momento, sino de un “proyecto” mayor, por así decirlo. En última instancia, el propósito de Dios es que todos sus hijos nos reconciliemos con toda su creación. Se trata de un estado de amor y armonía para que todos puedan compartir ese Reino.
Ahora, profundicemos un poco más y desafiémonos a nosotros mismos, porque, después de todo, existe una verdadera injusticia en el mundo. Pero a medida que este camino de Cuaresma se desarrolla, comprendemos que el verdadero problema radica en nuestra percepción de la meta, del premio. Vemos esos excesos y bienes materiales como el premio y perdemos de vista el verdadero tesoro que ya forma parte de nuestra vida. ¿Quieres una prueba? Respira profundo. ¿Puedes sentir cómo el aire entra en tus pulmones? Ese es un regalo de Dios al que no puedes ponerle precio. ¿Amas a alguien? ¿Alguien a quien puedas mirar: un hijo, un padre, un esposo, una esposa, un novio, una novia? Eso es un regalo. ¿Tienes la capacidad de sonreír? ¿Tienes la capacidad de contemplar las flores, los árboles, las montañas, el mar y quedarte maravillado por un segundo, dándote cuenta de que hay algo mucho más grande que los bienes materiales que nos consumen? Eso es un regalo. Y ese es el regalo que Dios te ha dado. Él te dice: no abuses de él. No seas como el hijo pródigo. No desperdicies lo que te he dado. Y ahora, no busques más. Porque cualquier cosa adicional son solo excesos contra los que, de todos modos, tendrás que luchar. No busques esos extras porque ya has recibido el regalo de la vida. ¿Qué regalo puede ser mayor? Tienes el don del amor en tu corazón, junto con la capacidad de tomar ese amor y compartirlo con los demás.
El desafío de hoy en el Viaje de Cuaresma es descartar cualquier envidia que pueda estar consumiéndonos y evitándonos dar otro paso adelante. Así como el padre en la parábola desafió al hijo mayor, recibimos un desafío de la Parábola misma: ponernos en los zapatos del padre. Notaremos que en su amor incondicional por ambos hijos no hay lugar para la envidia. El Amor de Dios supera todo, sin importar cuán fuertes sean esos sentimientos de celos o envidia.
Recuerda, Dios ha puesto amor en nuestro corazón. Depende de nosotros usarlo, no abusar de él. Depende de nosotros compartirlo con quienes amamos, con nuestra familia, nuestra comunidad y con este mundo.
Concluimos con la oración de San Nerses Shnorhali, Señor misericordioso, ten piedad de todos tus fieles. De los que son míos y de los que son extraños. De los que conozco y de los que no conozco, de los vivos y de los muertos. Perdona a todos mis enemigos y a quienes me odian por las ofensas que han cometido contra mí. Apártalos de la malicia que sienten hacia mí para que sean dignos de tu misericordia. Ten piedad de todas tus criaturas y de mí, un gran pecador. (Confieso con Fe, 23/24)
https://epostle.net/wp-content/uploads/2024/02/NRTH1054.jpg600900Vazken Movsesianhttps://epostle.net/wp-content/uploads/2022/07/final_logo_large_for_epostle_web-300x189.pngVazken Movsesian2024-02-27 00:01:332024-02-26 18:39:14El verdadero regalo del hermano es tuyo: Día 16 de Cuaresma
Camino de Cuaresma día 15: El padre del hijo pródigo Ayer conocimos la historia del hijo pródigo. En el capítulo 15o del Evangelio de San Lucas, Jesús nos ofrece esta parábola que toca tantas dimensiones distintas de nuestra vida.
Ayer reflexionamos sobre el pecado del hijo pródigo; es decir, la "prodigalidad" del joven. Su pecado fue abusar de los dones que se le habían dado. Nosotros participamos de ese pecado al abusar de los talentos que Dios nos ha dado, lo cual incluye no utilizarlos.
Hoy observamos el carácter del padre. Lo primero que aprendemos de él es que da por completo, sin restricciones ni condiciones. Su hijo menor le dice: "Dame mi herencia para que pueda irme, establecerme y comenzar mi vida". El padre, siendo un hombre sabio, ciertamente entiende que su hijo podría perder o malgastar el dinero, pero no discute con él. Hay momentos en nuestra vida en los que necesitamos dejar ir. Aunque sepamos más que nuestros hijos, su vida les pertenece. Sí, cometer errores puede ser doloroso, pero es a través de esos errores que los hijos aprenden. Este padre comprende esta regla y deja ir a su hijo. Por difícil que sea, permite que su hijo, a quien ama, se vaya. Permite que su hijo establezca su propia vida.
La segunda vez que vemos al padre es cuando el hijo regresa. Recuerda que el hijo está arrepentido, o al menos comprende que puede tener una vida mejor regresando a la casa de su padre. Sin importar cuáles sean las intenciones del hijo, el padre, al verlo regresar, sale a su encuentro en el camino y ni siquiera permite que su hijo pida perdón. No juega al orgullo. No dice neciamente: "Esperaré a ver qué tiene que decir". Él está ahí para aceptar a su hijo. No dice: "Te lo dije. Sabía que volverías". En cambio, reconoce a su ser querido, el hijo al que cuidó, vio nacer y crió, ¡que ahora había regresado! Qué emocionado debió sentirse. Por supuesto, corrió hacia su hijo y lo abrazó.
Ahora bien, esto tiene dos dimensiones. Sigamos cada una de ellas. Primero, el padre en la parábola es una expresión de nuestro Padre Celestial. Dios en el cielo espera a que regresemos a casa y, cuando lo hacemos, no espera a que roguemos por volver a Su Reino. Su paciencia perdura hasta que damos ese primer paso de retorno. Es entonces cuando Él se acerca a nosotros, abrazándonos y tomándonos, ¡nos recibe dándonos Vida! Eso es lo que hizo este padre y eso es lo que hace nuestro Padre Celestial.
Dios nos acepta como verdaderos hijos de su Reino. Su aceptación hacia nosotros es un hecho. El requisito es que digamos: "Sí, he pecado. He tomado el camino equivocado. He malgastado lo que Dios me ha dado. Quiero encontrar la paz. Quiero encontrar ese amor en el que Dios me ha creado". Dios espera a que digamos: "Estoy listo". El resto sucede; de hecho, todo encaja en su lugar.
En segundo lugar, las acciones del padre nos indican qué se requiere de nosotros en nuestras relaciones, no necesariamente con los hijos, sino entre nosotros. Hay personas que nos han lastimado. El grado del daño no es lo importante. Quizás hemos llorado por una palabra mal dicha o nos hemos sentido devastados por una traición. Ese dolor ha dejado un abismo en nuestras relaciones con los demás. Todos hemos creado divisiones entre nosotros y Dios debido a nuestras acciones o nuestra falta de ellas, y aun así, Dios nos ha dado un camino de regreso. Nosotros también debemos hacer lo mismo y dejar las puertas abiertas para que esas personas vuelvan a nosotros. En otras palabras, es momento de terminar con los rencores. No te dejes atrapar por un orgullo insensato. Deja las puertas abiertas sin esperar que alguien cruce el umbral. No esperes a que quienes te hirieron regresen; simplemente reconoce que, en el fondo, existen muchos deseos que quizás no se comprendan. Si la puerta está abierta, ellos podrían volver y, cuando lo hagan, los recibirás con los brazos abiertos.
Reconoce que tu corazón te está hablando. No pienses solo con la mente. Prepárate para recibir. Prepárate para abrazar, para estrechar, para envolverlos con el amor que habita en tu corazón. Este es el ejemplo que Jesús nos da a través de la figura del padre. Es un arma de doble filo, ¿no crees? Por un lado, nos muestra lo que hace nuestro Padre Celestial y nos da el ejemplo para que hagamos lo mismo con quienes nos rodean. Por otro lado, hemos orado: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Dios nos perdona. Por lo tanto, nosotros debemos perdonar a los demás.
Finalmente, la tercera vez que vemos al padre en esta historia es cuando habla con el hermano mayor. Lo consuela y le recuerda que todos somos iguales. Ante los ojos de Dios, no importa si regresas hoy o si regresas dentro de cien años. No importa si regresaste ayer. Lo importante es que cada uno de nosotros vuelva a Dios. Ese es el Padre amoroso que tenemos en el cielo, quien no condiciona sus decisiones por quiénes somos, dónde estamos o qué hemos hecho. Lo que importa es el “ahora mismo”. ¿Estamos dispuestos a estar en unidad, en armonía con Él, con el amor y el universo que nos ha entregado?Mañana continuaremos con el tema del Hijo Pródigo al analizar a su hermano mayor.
Ahora rezamos la oración de San Nerses Shnorhali, de “Confieso con fe”:
Confieso con fe y te adoro, Padre, Hijo y Espíritu Santo, esencia increada e inmortal, creador de ángeles, de los seres humanos y de todo lo que existe. Ten piedad de tus criaturas y de mí, un gran pecador. (1/24)
https://epostle.net/wp-content/uploads/2024/02/father-6648076_1280.jpg8531280Vazken Movsesianhttps://epostle.net/wp-content/uploads/2022/07/final_logo_large_for_epostle_web-300x189.pngVazken Movsesian2024-02-26 00:01:532024-02-25 22:06:22El padre del hijo pródigo: Día 15 de Cuaresma
El apóstol Santiago escribe que la fe sin obras es inútil. Muchas veces, se nos desafía a poner nuestra fe realmente en acción. En esos momentos nos damos cuenta de que solo en virtud de nuestras acciones nuestra fe tiene sentido. Es decir, nuestra fe tiene valor y estructura gracias a lo que hacemos. Por el contrario, las obras sin fe conducen a una mezcla confusa de ideas, motivos y metas.
Este equilibrio entre la fe y las obras suele definirse en términos lógicos. Cuando piensas y actúas de acuerdo con los principios establecidos en tu mente, actúas por razón, basándote en la sabiduría que has adquirido a lo largo de la vida. Aunque esto es muy importante en términos prácticos, como cristiano necesitas sobresalir en el área de soñar: soñar los sueños imposibles.
Cuando piensas y actúas de acuerdo con tu corazón, en ese preciso instante comprendes que tus movimientos y acciones se basan en las pasiones que llevas dentro. Esta es la fe que puede mover montañas. Piensa con el corazón y no con la mente cuando se trate de hacer lo imposible.
En su crucifixión, Jesús hizo lo imposible. Perdonó a las personas que lo habían traicionado y entregado a la muerte. Perdonó a quienes lo estaban clavando en el madero. Perdonó a las generaciones de personas que habían ignorado los llamados a la paz, menospreciado las expresiones de amor y pagado el amor con odio. Jesús hizo lo imposible. Perdonó con su corazón. Del mismo modo, cuando pienses en todas las acciones que se nos exigen como cristianos, elévate a la altura de las circunstancias. Esfuérzate, particularmente durante esta temporada de Cuaresma, por buscar esas oportunidades para encontrar la verdad que está más allá de la razón. Paga a todos con amor. Ofrecer bondad a quienes son amables contigo es solo humano. Pagar el mal y el odio con bondad y amor es ciertamente divino. En este estado, llegamos a descubrir que nuestras acciones están construidas sobre un fundamento sólido y fuerte, a saber, en Jesucristo, que es el Amor encarnado. Cuando la fe se basa en el amor, tienes la capacidad de abrir tu corazón a posibilidades imposibles. Están todas a tu alrededor.
Dios te llama durante esta temporada de Cuaresma a hacer lo imposible y construir tus acciones sobre Cristo. Paga el odio con bondad y el mal con amor. Si lo piensas bien, cualesquiera que sean tus metas, puedes alcanzarlas; puedes hacer posibles las metas imposibles cuando pones el amor como pieza central de tu corazón, de tu vida y de todas las acciones que emprendas.
Ofrezcamos ahora una oración de San Nerses Shnorhali: (Dedicada al Espíritu Santo)
Espíritu de Dios, Dios verdadero, que descendiste al Jordán y al aposento alto y que me iluminaste mediante el bautismo en la fuente sagrada, he pecado ante el Cielo y ante Ti. Límpiame con Tu Fuego Divino como purificaste al Santo Apóstol con lenguas de fuego. Ten piedad de mí, un gran pecador. Amén..
https://epostle.net/wp-content/uploads/2024/02/rocks-1757593_1280.jpg8531280Vazken Movsesianhttps://epostle.net/wp-content/uploads/2022/07/final_logo_large_for_epostle_web-300x189.pngVazken Movsesian2024-02-24 00:01:462024-02-23 23:25:40Equilibrando nuestros sueños, fe y obras: Día 13 de Cuaresma